«Debo confesarte que le he cogido afecto al personaje y al principio escribía sus hazañas y él seguía mi mano creadora, pero ahora es el propio personaje quien me lleva a mí, como si me indicase cuál es su camino y me limitase a ser un mero notario de sus actos». Tarda el narrador 284 páginas (de las 397 totales) en constatar que, efectivamente, la vida del protagonista ha cobrado impulso propio, si acaso tan sólo necesitado de su transcripción, y escoge las veredas que le conducirán hasta un final, por cierto, incierto aunque histórico. Probablemente, un desenlace abierto a una secuela que, vistos el talento, la pulcritud, el cimiento investigador, la atmósfera costumbrista, el recorrido por más de un centenar de ciudades y pueblos, la descripción de las ánimas de las personas y del espíritu de los territorios, se hará imprescindible… aunque el autor no lo tenga todavía claro. La indefinición en el futuro conyugal de Juan y los diamantes que una mina de ingenio como él todavía haya de sacar a la luz demandarán, más pronto que tarde, esa segunda parte de la vida de un tipo tan seductor en su riqueza renacentista.

«En busca de Pedro Saputo. Las aventuras de Juan Captioso» es la creación de una mente tan creativa y tan infinita como la que ha puesto durante muchas décadas José Antonio Adell al servicio de los saberes y los placeres. Saberes por cuanto ha buceado en la máquina del tiempo para extraer los usos y costumbres, las tradiciones, las devociones, los misterios, las fiestas, las dobles caras de la condición humana, las bellezas de las tierras y las calles, los aromas y sabores de la pitanza, los remedios ancestrales, las relaciones entre los pobladores regidas por una constitución consuetudinaria acercada hasta aquí por el hilo del relato de bardos, amanuenses, imprentas, científicos y orfebres de letras, en una sucesión sin límites ni fin. Placeres porque no hay prácticas hedonistas tan fascinantes como una buena lectura. Y más si, como en un buen desfile, es el propio libro el que te va marcando el paso. Dosificando. Primero, tranquilo, masticando con delectación, familiarizándose con el entorno almudevarense, con su particular y fabulosa cultura popular. Después, caminando al ritmo de Saputo y de Captioso, que tanto monta… Y, al final, como llevado por un gancho, con una ansiedad bien concebida de alcanzar la meta. Última estación, Canfranc. Pero, a la vez que parte hacia Francia, el autor nos entrega unos «bises» -como en los grandes conciertos de las estrellas del rock- para que nos familiaricemos con Pedro Saputo, con el contexto de las dos obras maestras y con el entorno geográfico en el que desenvuelven sus peripecias tanto él como Captioso. Tal desprendimiento en la búsqueda de fuentes se manifiesta en la primera alusión literaria al mítico ser, en el Romancero General de 1604: «Ya no hay memoria de aquellos/ que Saputo daba cura/ los que mataron al asno/ porque se bebió la luna». El pobre borriquillo pagó, como sucede más de cuatro centurias después, la ignorancia de quienes no entienden que el sol puede ser tapado por la luna… y la vida continúa.

Esa clarividencia histórica me ha permitido comprobar que en 1844 confluyeron dos grandes hitos para la humanidad. El orden de los factores no altera el producto. El primero, la fundación de la Guardia Civil por Francisco Javier Girón y Ezpeleta, II Duque de Ahumada. Y, en la tierra vecina de Aragón, el alumbramiento de «Vida de Pedro Saputo, natural de Almudévar, hijo de una mujer, ojos de vista clara y padre de la agudeza. Sabia naturaleza su maestra», la portentosa exhibición literaria de Braulio Foz, su más prestigiosa creación, la que proyectó Almudévar al imaginario del mundo en sus dimensiones temporal y espacial. Ha mimado tanto los detalles José Antonio Adell que incluso ha propiciado la confluencia en la raíz de Saputo (sabio) y su alter ego (Captioso, inteligente), que es tanto como sellar un contrato de eternidad en el tránsito de un almudevarense ilustre a su émulo cuyos méritos no ya igualan, sino complementan virtuosamente los de aquel.

Curiosamente, la raíz de Captioso se aloja en la profundidad de los 23 años de José Antonio Adell, un aparatoso accidente y el auxilio y cuidados de los almudevarenses. Aderezado el buen recuerdo con la admiración por la obra de Saputo, el compromiso ha visto la luz y lo hace con algunos episodios desternillantes propiciados por el padre del personaje principal, Amador, un paradigma de vagancia e ingenio. A la pregunta de un convecino de si no tiene otra marcha, contesta que «sí que la tengo, pero es más lenta». En su muerte, las reacciones oscilan entre «se lo ha llevado la maldita gripe, ya decía que la faena nunca lo mataría» hasta «ahora ya no se tendrá que levantar para ir al tajo», pasando por otra sentencia: «Nos quería a los del pueblo. Él se lo llevaba mal con el trabajo».

No voy a destripar el brioso y exquisito torrente de anécdotas, chanzas, pensamientos profundos, valores, manifestaciones culturales, retratos de personajes, descripciones ambientales y naturales, y hasta exhibiciones de un humor somarda, muy aragonés, magnífico, talentoso, inigualable. Sería injusto con el enorme esfuerzo de ilustre generación del autor. Tan sólo voy a someter a su consideración, lector, si no merece la pena leer de punta a rabo un relato que con el aire de inicios del pasado siglo recoge el testigo de aquel Saputo: «No hubo hombre en su tiempo ni después se ha conocido que le igualase en agudeza, en talento, en discreción, en habilidad para todo, juntando a tan excelentes dotes una amabilidad que robaba el corazón a cuantos le hablaban, un aire de mucha dignidad, una presencia gallarda y hermosísima, y una gracia incomparable en todo lo que decía y hacía; y jamás se le vio hinchado ni se vanaglorió de nada. Con la misma naturalidad y facilidad trataba con los grandes que con los pequeños, sin faltar al respeto que se debía a cada uno y al decoro de las personas y de las cosas. No se hacía pequeño con unos, ni grande con otros; ni alto o desdeñosos con éstos, y bajo o servil con aquellos».

Captioso, que persigue el rastro de Saputo para reforzar el prestigio de su antecesor, igualarlo y aun superarle, reúne este ramillete de virtudes y más, porque desde muy pequeño (incluso me recuerda la precocidad de El Rey Campesino de Camilleri) congrega la bondad de su madre, Calíope, con el ingenio de su padre, Amador, poniendo de su parte un arrojo que le conduce a aprender, a obrar audazmente, incluso a admitir retos de su inspirador almudevarense en imposibles metafísicos y físicos como el milagro de Alcolea. Incluso Dios estaba de su parte.

La lectura es un ejercicio de libertad suprema. Nadie puede obligar a leer aquello que no quiere. Pero, en nuestra responsabilidad, los humanos asumimos un contrato con nosotros mismos y con los demás para contribuir a enriquecer nuestra familia, nuestra comunidad y nuestro entorno. Así lo hace José Antonio Adell, que en Álvaro (el profesor que inyectó en Juan Captioso la adicción a los saberes y a la observación) identifica un retrato psicológico que no es sino un testamento de su ejercicio de décadas, que ahora, emérito, sigue recorriendo. «Un buen maestro siempre es recordado. El ser humano crece y se realiza gracias a sus padres, gracias a la vida, pero también gracias a aquellos buenos maestros que le han enseñado no sólo conocimientos, sino lo más importante: ser persona honesta y trabajadora, compasiva y solidaria, comprometida y voluntaria». En tal aseveración, el autor cede el mérito literario al caudal de su admirable trayectoria, pero entre ambos configuran una obra humana majestuosa.

Pedro Saputo y Juan Captioso unidos por el inspirador maestro Adell

Y, sin embargo, José Antonio Adell se resta importancia. Tras Cucaracha y La Dama de Guara, sigue enriqueciendo la biblioteca altoaragonesa. Con su propio estilo, con el tributo a grandes de esta tierra como fueron el propio Foz, Andolz y algunos paisanos, como su compañero de fatigas Celedonio. Vuela alto narrativamente Adell porque cierra ese círculo milagroso que tan bien explica Álex Rovira: «La humildad es la llave del asombro. El asombro es la llave de la sabiduría. La sabiduría es la llave de la humildad». Es el ciclo para el crecimiento constante. Miguel de Unamuno, coetáneo, por cierto, de Juan Captioso, es demoledor en su juicio: «Sólo el que sabe es libre, y más libre el que más sabe». Yo, con la ventaja de haberme impregnado del espíritu de Almudévar, de Saputo y de Captioso, sólo puedo recomendar: no me lo perdería por nada del mundo. Merece mucho la pena. Y deja sed de secuela, sea con Nunilona, sea con Teodorina. Continuará…