«Quienes homenajean a sus asesinos, quienes les jaleaban, hoy se reinsertan en la vida política sin reproche ético, como si lo que vivimos no hubiera existido realmente, amparados por el paso del tiempo y del olvido»

Manuel Giménez Larraz, hijo de Manuel Giménez Abad

Un alegato contra el olvido, una defensa de la memoria de las víctimas del terrorismo, una advertencia sobre la normalización de ETA y su entorno en instituciones y calles «sin reproche ético», una llamada a la dignidad y la justicia. Argumentos principales del discurso de Manuel Giménez Larraz con motivo del Día de las Víctimas del Terrorismo, ocho años después, como ha recordado, de la inauguración del monumento en la Plaza de San Antonio (con Ana Alós como alcaldesa). Y de sus manos blancas, que «nos hacen tener presente el precio que ha habido que pagar para construir nuestra democracia». El tributo a su padre, Manuel Giménez Abad, ha centrado el acto oficial protagonizado por la Fundación a su nombre y encabezado por el alcalde, Luis Felipe, y el presidente de las Cortes de Aragón, Javier Sada, junto a otras autoridades como la subdelegada del Gobierno en Huesca, Silvia Salazar, diputados y concejales. Sobre la expresión Tempus fugit de Virgilio, Giménez Larraz ha compuesto un discurso reivindicativo del colectivo y de la dignidad del país.

Desde aquella ilusionante cita el 27 de junio de 2014, algunas ausencias indican que las cosas en este sentido «han ido un poco a peor. No puedo no acordarme de mi querido Antonio Torres y de Ramón Justes, que sin duda hoy hubieran estado con nosotros». En el paso del tiempo, no olvida que el 6 de mayo de 2001 ETA asesinaba a uno de los representantes electos del pueblo. Los terroristas creían que abrían «grietas en nuestros valores democráticos» sin percibir que, en realidad, «los reforzaban. Nos agrupaban a millones de ciudadanos en torno a ellos. Los asesinatos de ETA nos reunieron, quizás involuntariamente, alrededor de una identidad cívica que saltaba por encima de las distintas sensibilidades de todo tipo que componen España», que empequeñecía y relativizaba la habitual confrontación ideológica de izquierdas y derechas. «Lo que estaba en juego era algo infinitamente más importante: nuestro derecho a vivir libremente, a triunfar, a fracasar, a enamorarnos, a deprimirnos, a vivir al fin y al cabo». Prosigue Manuel el relato de ese día trágico para su familia. «Ese día ETA no sólo acababa con la vida de una persona honesta, excepcionalmente íntegra, de un tipo especial. ETA asesinaba a una persona que defendía con naturalidad, porque creía en ellos profundamente, los valores democráticos de nuestra sociedad».

«Libertad, justicia, igualdad, pluralismo político, todos los valores superiores que sustentan nuestra democracia», llevan en España los nombres de Manuel Giménez Abad y los más de 800 asesinados por ETA en este país. «La consolidación de nuestra democracia no hubiera sido posible sin el fútil sacrificio de las víctimas y la dedicación y el esfuerzo desmedido de policías, guardias civiles, militares, periodistas, trabajadores, empresarios, políticos».

FRENTE A LA RESIGNACIÓN

En el inevitable camino hacia el olvido, ha proseguido Manuel Giménez Larraz, actos como el de hoy representan una rebeldía frente a la resignación de que los «símbolos sean sepultados. Recordar a las Víctimas tiene una enorme trascendencia desde el punto de vista político, social y ético«. El abogado ha profundizado en una idea trascendental: «No podemos comprender lo que somos hoy como país sin conocer la historia reciente de nuestra democracia. Difícilmente podemos protegerla sin conocer el origen de sus principales amenazas. Tampoco podemos dar el valor que se merece nuestro estado democrático, creer en él, sin recordar cómo hemos combatido y ha sido derrotada esta amenaza».

El terrorismo, ha continuado, ha sido derrotado por la confluencia de cuatro elementos. El primero, «la cooperación internacional«. Segundo, la movilización social, «y aquí me gusta recordar que frente a las listas negras de ETA se enfrentaban nuestras manos blancas inocentes y que nos situaban a los demócratas en una altura ética indiscutible, aislando a quienes no comprendían que una sola vida está muy por encima de cualquier idea«. Tercero, «la unidad política: las principales fuerzas políticas de nuestro país supieron entender que en cuanto a terrorismo se refiere estaban en juego cosas mucho más importantes que unas elecciones o el control de unas estructuras de poder. Estaban en juego el pilar básico de nuestra sociedad de convivencia, y eso es común a todos, de izquierdas y derechas». Y el cuarto es «el Estado de Derecho, que con el trabajo incansable de Policía, de Guardia Civil, de nuestro sistema judicial, consiguió derrotar a ETA con las herramientas únicas y exclusivas del Estado de Derecho. Y en eso España es una excepción de la que podemos sentirnos orgullosos, porque ni Estados Unidos, ni Israel, Francia, Alemania, el Reino Unido, democracias indiscutibles y admiradas, supieron mantener ante la amenaza terrorista la misma firmeza de convicciones que nuestro Estado de Derecho».

«Estas manos blancas, cualquier recuerdo a las víctimas del terrorismo, nos hacen tener presente el precio que ha habido que pagar para construir nuestra democracia, lo largo que ha sido el camino para asentar sus valores y principios. La democracia no es el estado natural de las cosas. Tenemos que hacer comprender que lo que tenemos no es lo menos que podemos tener. Nuestra democracia ni es irreversible ni está garantizada. Se sustenta en los frágiles equilibrios de tolerancia, de moderación que entre todos hemos podido forjar. Y tenemos que ser conscientes de lo fácilmente transitable que es el camino para perderlo. La falta de perspectiva nos puede hacer creer que la historia es un camino únicamente ascendente en materia de progreso, de convivencia, de tolerancia, de democracia e incluso de compasión. Basta con mirar hacia Ucrania para comprender que todo eso que damos por sentado se puede desmoronar con estrépito trasladándolo a entornos mucho más complejos e incómodos en los que desarrollar nuestra vida, que es sólo una».

FORTALECER NUESTROS VALORES

El acto, presentado por la directora de Diario del Altoaragón, Elena Puértolas, ha sido cerrado por el alcalde de Huesca, Luis Felipe, que ha recordado que a Manuel Giménez Abad «lo asesinaron por representar unos valores y unos principios» que eran los de todos los ciudadanos. «Yo creo que su recuerdo es muy pertinente y muy necesario. Manuel Giménez Abad, dignidad, verdad, justicia, libertad, democracia, tolerancia, respeto. Preservar la memoria de las víctimas no sólo es un elemento de justicia hacia ellas, sino una forma de fortalecer nuestra sociedad democrática en valores».

El alcalde oscense ha parafraseado un artículo de José Tudela Aranda en El País de 11 de mayo de 2001 titulado «Manolo, amigo». «Contigo aprendí la mesura como virtud, la prudencia como disciplina, el respeto como norma. Y contigo reforcé mi pasión por la libertad. No me es posible pensar en ti y no asociarte a tu libertad para vivir, para pensar, la libertad como vida y como mirada. Amistad, libertad. Demasiado como para pensar que todo es territorio de ayer». «Las ideas que han forjado nuestra dignidad como persona y ciudadanos. Te mataron para que tu pasión por la libertad no siguiese siendo ejemplo, pero no habrá olvido», ha concluido la cita de Tudela.

«Preservar la memoria de las víctimas es un mensaje claro a las nuevas generaciones, para que sean conscientes de la gravedad de la perversa naturaleza de los actos terroristas»

Luis Felipe, alcalde de Huesca

El primer edil ha agregado que «preservar la memoria de las víctimas es un mensaje claro a las nuevas generaciones, para que sean conscientes de la gravedad de la perversa naturaleza de los actos terroristas que han teñido de luto y de dolor calles, plazas, instituciones, familias y amigos. Que tiñeron de luto y de dolor a una sociedad entera. Que esas nuevas generaciones tomen conciencia para evitar que esa barbarie pueda repetirse».

El sencillo acto, acompañado del cuarteto musical Bolskan, ha culminado con el lanzamiento de pétalos de rosa al pie del monumento de Huesca a las Víctimas del Terrorismo, expresión de dignidad de una capital capaz hace años de erigir un monolito de oración por la paz. Palabras de amor y de verdad vertidas frente a la autocomplacencia. Estos homenajes son más necesarios que nunca.

«Estas manos blancas nos hacen tener presente el precio que ha habido que pagar para construir nuestra democracia»